viernes, 29 de abril de 2011

Station – Meet Puppets (Y el prelogómeno del fin)


 



Meat Puppets. O los barbudos que tocan con Nirvana en el unplugged (legendario, exquisito, sensible… ¿Qué más decir?). “Station”. Algo irónica, y casi juguetona. La guitarra ahogada, entre silbidos y la devaluación de la psicodelia, oscurecida entre las nubes y plagada de encierro. Cigarros, parlantes y acordes. La canción es un juego (¿Cuál no?) y los coros suenan infantiles. Pero la canción es también un prelogómeno de lo peor: hasta se puede advertir el fin del mundo con una sencillez chabacana, confianzuda. Más que Single, es un Jingle. Más que Meat Puppets, pueden ser Meat Muppets (sobre todo por el componente juguetón e infantil). ¿Y el grunge? También aparece ahogado. Es 1994 y se evidencia el final del grunge, que de tan joven da pena y estupor. Y es como todo, como James Dean, Kurt Cobain o Shannon Hoon. ¿La estación? Habrá que ver de qué se trata, a quién se alude y a quién se espera. O si sólo de se habla de una estación radial, dispuesta a conectar con el líder de Nirvana.

A Pleasure – The Railway Children (Y el placer otoñal)


Los sábados siempre son grises. Sobre todo a la tarde. Más si la marcha del tren amasa el riel y las nubes enturbian un cielo de encanto y tormenta. The Railway Children, lo sabe. O lo sabía porque ya no existe como banda y como entidad. El Reino Unido los tragó y jamás los devolvió. Y quizás aún estén sonando en alguna calle cerrada de su Wigan natal, no se sabe. Lo destacable es que “A Pleasure” es, junto a “Under the Milkyway” de The Church, una de las más memorables gemas lado b de finales de los ochenta. “A pleasure” no es una canción totalmente desconocida, suele ser parte de compilados pomposos en los que los brillos tecno-queer de Gazebo y la estocadas síncopes de IQ (aquella banda sinfónica de los ochenta) se funden en una misma y llamativa idea. “A pleasure” no es sólo un tema de sábado, sino que también es una canción otoñal. Una canción para ver las hojas volar y sentir que los días de la vida aún están sin escribirse y sin borrarse. Como el aire; como el placer.

Antonio Birabent – Un hombre solo (que espera)




El hombre que está solo y espera. Fuma, trabaja y parte hacia su casa. Esperando no volver. Lleva canciones y, tal vez, algunos cigarrillos. Más la respiración y las palabras (es decir, su “última y sincera oración”). El presente, que todo lo borra y que ahuyenta las huellas, urge y arde (“Y qué cosas mañana ya no estarán”): pisa fuerte y tiene las botas anchas, más que las de cualquier humano. El hombre es parte del tiempo y contra eso muy poco, o nada. Mientras tanto, el teclado se personifica y se convierte en un sujeto, cabizbajo, triste, cercano a la angustia y al dolor. ¿Y los violonchelos? Logran ser amigables y fuertemente abrasivos, cubren la espalda y arman una gran pared de sonido. A la Phil Spector, a la Let it be. El hombre que está solo y duerme (“con quien soñás mejor”). Entre la convicción y el “Working Class Hero” de Lennon. Sólo un hombre (“Tan sólo un hombre solo como yo”) que descubre la simpleza y lo que debiera ser en el mundo, en las nubes, en la paz. En el sufrimiento.

Sunday – Sonic Youth (Y el eterno retorno)


Cierto: el domingo. Ese día devastador, que como la piel y el sol, puede dañar y hasta engañar. Cierto, que viene y va, no hay duda. Es el eterno retorno, el verdadero signo de la vida, la paciencia y el sinfín de la semana. Porque se dice que empieza ahí, pero no, simboliza todo lo que termina. Incluso para aquel amigo, tranquilo y quién sabe qué más (“Sunday comes alone again, a perfect day for a quiet friend”). Es como un torbellino, como una mañana nueva y como la luna (antes el sol) que también engaña, o guarda, hasta el cristal, las sensaciones de un sueño triste o los vaivenes de un mar sin sal. Recordar: el domingo es un eterno retorno. Hay algo de magia, sí, pero no hay sorpresa (“See the magic in your eyes. I see it come as no surprise”). El domingo te obliga a no saber que hacer, o a esperar como un pobre angelito (en cámara lenta). Y todo esto no indica algo malo, ni bueno. Es algo. Puede ser el día perfecto y la maravilla en puerta. El movimiento de la danza y la tensión de las cuerdas, entre guitarra y risa sincera, a la guarda del viento que también, viene y va. Cierto: como ella y sus ojos (“Sunday always seems to move so slow to me, here she comes again”).